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Gracie - Entrada de Baul 1

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Gracie - Entrada de Baul 1

Mensaje por Charlotte el Jue Sep 18, 2014 1:40 am

Fue peor que el más tedioso y castrante de los lunes. Y era miercoles.

Hacía mucho tiempo no recordaba en carne propia lo que era una cruda no tanto física, sino moral, en aquellos días de juventud febril y cretina donde me dedicaba a comprar olvido barato y corto, con la consciencia y la sobriedad... sólo para descubrir que a la mañana siguiente tendría que seguir pagandolo con la sensación de que el cerebro me estallaba y se me desparramaba bizarra y vívidamente dentro del cráneo. El común de las veces, no era por gusto real a la propia bebida por lo que bebíamos, ni siquiera por problemas de alcoholismo o depresión como tal... sino por la premisa efímera y discordante de la amnesia. La misma que se esfuma como niebla cuando se tienen que abrir los ojos de nuevo.

Lo que me dio de lleno el impulso de ir por Vivianne ya no era mi nerviosismo ante unas simples publicaciones en red social, sino el mensaje que ella me envió antes de bajar hacia el coche. Nunca extrañé los momentos en que veía todo irse al diablo para alguna de las dos. No los quería de vuelta, menos para ella. Por eso, al llegar hasta su puerta, tocar y ver la expresión en sus ojos (que se me antojó lejana y tormentosa) combatiendo contra el esfuerzo de sonrisa al recibirme, el dolor ya no era por mi. Ni siquiera por él.

Tomé su mano y le sonreí desde el alma, temiendo como siempre que no fuese suficiente. Caminamos juntas hasta el auto, encendimos la radio en el camino, bebimos y hasta cantamos en mi departamento una vez llegamos, en una lucha donde la distracción no juntaba tropas suficientes contra el abatimiento. Lo que habría dado por ser ella... únicamente para no verle sufrir, en silencio. Si dijimos o no todo lo que teníamos que decir antes de su desahogo, no lo recuerdo con exactitud. Las copas nos pasaron factura.

Vinieron entonces las primeras lágrimas. ¿Cómo puedes contener la tempestad con un pobre abrazo? Hace tanto, descubrí que lo único que consigues es acrecentarla más, destapar un pozo que carece de fondo. Aún así, tenía que hacerlo: estrecharla en brazos para no verla desvanecerse, sentir que se iría tan lejos que no podría alcanzarla jamás. Hacerle saber que estaba ahí, aún cuando el mundo o su propia familia le diesen la espalda. Simplemente no pude. Me sentí tan  insignificante, tan imbécil. Me di cuenta de que era peor que una adolescente y que, en efecto, había estado pensando y actuando como una todo ese tiempo, ahogándome en un vaso de agua. ¿Por qué demonios me preocupaba tanto que Monteiro supiera que Bruce y yo eramos novios? ¿le debía cuentas a alguien? ¿debía quedar bien con él o con cualquier otro? Odio las mentiras, si... pero, ¿y qué?

Me dediqué a escucharle. Callé, ya no era importante de todas formas. De alguna manera, pude extraviar el recordatorio de que algo respecto a él estaba mal, junto con el acechante presentimiento de que nada volvería a ser igual. Y así lo conseguí hasta que sonó la alarma, con esa enervante canción que colocó Ariel. Tuve que llevar lentes oscuros al trabajo para que el sol no me quemara las corneas. El mundo avanzaba más rápido, más cansino. La mañana era insoportablemente feliz, ¿De verdad iba a soportar todo el día así? La incomodidad tomó un nuevo y acrecentado significado en el momento en que lo encontré. Gallardo en sus maneras desde antaño; jovial en su porte natural... no obstante, una punzada me recorría la garganta al verle llegar de la misma manera: cubriendo la claridad azul de sus ojos, vivos como el cielo y claros como el mar con funestos lentes de sol. Maldita sea. Tragué saliva antes de dar los buenos días en un estúpido hilillo de voz como no pudo haberlo sido más. De repente pensé que, si yo era la causante de semejante estado de animo en él, como mínimo merecía ser golpeada en la cara. ¿Habría sido muy soberbio darme tanta importancia en ese hecho, gracias al malentendido de Bruce? Encima, debí sumar la impresión de que Rowan no venía de buen humor. ¿No conmigo solamente? Pocas veces en la vida me he sentido tan incómoda. Y tan culpable. Confusión en estado puro.

Pude sobrevivir hasta el final de jornada, para mi fortuna. Despedirse de él al no tener escapatoria porque lo tope a la salida, fue la misma historia: Lo más casual, insípido y difícil de esas 24 horas. Aún ahora, mientras me desahogo sobre papel en vez de contarselo a alguien, me cuesta dejarlo de lado por completo. ¿Por qué otra cosa estaría escribiendo en este diario el cual no toco hace tantos meses?

No lo sé. Quizá así pueda olvidarlo.

Espero el momento en que lo lea mucho tiempo después, y me ría de lo idiota que es.


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