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Serpents in my mind

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Serpents in my mind

Mensaje por Charlotte el Lun Dic 21, 2015 7:35 am

“Ver a alguien morir de hambre puede ser lo más lastimero que encuentres.
Pero definitivamente nunca has visto a nadie morir de sed.”

Hasta las almas más puras pueden ceder frente la hostilidad, la corrupción y la miseria. Quien diga que un individuo puede seguir sus mayores principios morales incluso en el perjuicio más absoluto, despojado hasta de la dignidad… es que nuca tuvo que pasar por una auténtica degradación. La vida para ellos fue todo, menos un lecho de flores.

De sus padres poco y nada conoce. Su hermano mayor Kalevra, con quien comparte no sólo sangre y apellido sino las vivencias que más han marcado su psiqué solía decirle que eran viajeros espaciales y transportistas de polizontes, Nagais de pura sangre y los más intrépidos de su tipo pero, que al cruzar la atmosfera de Nal Hutta, ese inmundo planeta al que los dos chiquillos se vieron condenados a sobrevivir a duras penas, la nave falló. El primero en perecer fue el piloto, su padre, seguido de una pareja de ancianos y su joven nieto. La madre consiguió salir de la galera una vez se estrelló en superficie, sólo para dar el último aliento mientras protegidos entre sus brazos, sus dos únicos hijos, un varón de 8 y una niña de casi 4 años tuvieron que abandonar su seno para siempre. Un último tripulante joven salió de los restos, su nombre era Taru Mandrike, también un congénere suyo. Forasteros los tres, sin forma de regresar a su planeta nativo y teniendo que sepultar a sus muertos en una tierra ajena, la decisión no pudo ser otra. Otorgaron entierro a los difuntos y vendieron lo que quedó de la nave como chatarra.

Durante mucho tiempo la sed, el hambre, el frío de las infernales noches y la marginación fueron el pan de cada día. Un perro famélico y alguno de aquellos tres nagais no eran muy distintos: siempre a la defensiva, arriesgando el pellejo por una preciada gota de agua o un par de migajas, siempre como sabuesos rabiosos por la sed en un pueblo donde la necesidad de agua más que de alimento era capaz de hacerte matar a tu vecino. Más temprano que tarde, Taru se unió a una de las muchas pandillas de matones para hacer los trabajos sucios del cartel de los Hutt y, pese a que la vida para los tres comenzara a prosperar un poco a partir de aquí empezando por la hambruna, bien se sabe que de un compromiso con la mafia solo puede salirse de dos maneras: Saldándolo o probando el acero. El chiste duró poco más de un par de años antes de que mataran a Mandrake por querer jugar chueco, dejando a los infantes completamente solos.

“Yo no seré tan descuidado y pretensioso como él, hermana. Haré las cosas bien, me convertiré en el mejor y nunca más tendrás que buscar en la basura de nuevo”.

Así fue como con apenas 13 años, a pesar de las negativas de Ya’ara, Kalevra contactó con el antiguo jefe de Taru y se incorporó a otra pandilla de contrabandeo de información y objetos robados. Aprendió el oficio de la estafa, el timo, el robo y la intimidación. A los 15 ya era un maestro del callejeo y a los 16 se hubo granjeado una fama casi legendaria que le acompañaría a donde fuera: La del más rabioso chacal de las calles, diestro como ninguno en pelea con cuchillos y un temido contendiente. Un demonio de blanco y negro leal pero implacable.

“No podrás mantenerme al margen de todo por siempre y lo sabes, Kalev. Ya estás hasta el cuello en esto y no puedes salir… así que si uno cae, el otro también. Estamos juntos en esto y no hay nada que puedas hacer para cambiarlo ¿Entendiste?”

Contra la voluntad del mayor, la chica también terminó uniéndose al negocio mal habido a los casi 11 de edad. Ya sabía defenderse bien desde pequeña, así que siguió sus pasos con las facilidades que otorga una cara bonita y llena de ingenuidad para convencer a las víctimas, pasar desapercibida por esa faz angelical de la que nadie sospecharía. Así fue como pasaron su adolescencia, aprendiendo que si una pútrida e hipócrita sociedad no va a abrirte las puertas, las ventanas tienen que ser rotas a la fuerza. Juntos llegaron a ser conocidos en el bajo mundo como “Las dagas gemelas”, poseedores de una agilidad y rapidez tan mortíferas como incomparables. Adquirieron nuevos nombres y una identidad; llevaron la vida siempre al límite, escalando en esos viles estratos hasta formarse un renombre y una vida cómoda pese a que todo el tiempo tuvieran el riesgo de morir de un instante al otro.

Entonces vino la primera gran oportunidad de viajar y abandonar, quizá para siempre aquél astro infame que tan mala vida les dio a prueba. Fue en una misión de contrabandeo interespacial y convenio con otra mafia en pos de unirse a la coalición; el destino fue la luna Nar Shaddaa. ¿Qué mejor lugar para extender la gloria de la que ya gozaban que ese antro lleno de oportunidades? Cuando la alianza fue hecha, el grupo pudo darse la libertad de conseguir suerte durante unos meses aunque, siempre bajo el mando de sus jefes y sólo hasta que tuvieron que trasladarse otra vez, con la banda más nutrida de aliados nar shaddianos ahora hacia Saleucami en una empresa todavía más ambiciosa: Trabar nuevas relaciones fuera de la coalición. Con toda la experiencia adquirida, nada podría salir mal.

“¿Te quejas de que tuvimos que descender en este lugar? Da gracias que no fue Vaathrkee, habríamos muerto en medio de una lluvia de asteroides apenas arribásemos.”

Una seria fuga de combustible en la nave les obligó a aterrizar en Cyborrea, territorio árido e inicuo; técnicamente fueron arrastrados por su alta atracción gravitacional. Nada podían hacer mientras no repararan el fallo. Los días pasaron tan lentos como pueden hacerlo en un tártaro de aquella clase. El delirio sembrado por la variabilidad de la atmósfera, aunado a la incipiente sed más que el forzoso ayuno para reservar provisiones comenzó a hacer estragos en la integridad mental de todos. El límite lo rompió un Balosar, frenético a causa de las privaciones y enajenado a tal punto que si el canibalismo y el estupro nunca fueron opción antes, no pareció tan mala idea cuando se abalanzó encima de la presa entre todo el grupo que al parecer, menos forcejeo le pondría: Ella. La cólera de su hermano no tuvo semejantes. Matarlo a tiros fue una bendición comparado a que le hubiese puesto las manos encima. A partir de tal incidente, nadie más volvió a poner en duda su terrible reputación.

“No quiero réplicas de tu parte. Tu opción es aceptar el droide o dejar la vida que tienes a mi lado, Ya’ara.”

Quizás por el sentimiento de culpa, o tal vez por un genuino intento más de protección, semanas posteriores a llegar a Saleucami y cumplir con el encargo, Kalevra compró un robot de protocolo modificado por un Jawa que, más que ayuda diplomática, tomaría el papel de guardaespaldas de la chica. Galatea lo bautizó con el mismo alias que el de su hermano: Morfeo.

"-¿Qué te sucede? Nunca te habías mostrado indispuesta ante un negocio, menos con una recompensa tan grande de por medio.
-No lo sé... tengo un mal presentimiento. ¿Estás seguro de esto?
- En absoluto. Es la oportunidad que estábamos esperando. Podríamos ser completamente libres al fin."


Fue una nueva misión de consorcio en Jaminere, con el margen suficiente para depararles un gran ascenso y además, asegurar su independencia de la coalición Hutt si las cosas marchaban bien a partir del trato.

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